Personal Proyects
“sigues ahí?” reúne objetos que, al combinarse, se transforman en símbolos de tránsito y mutación. Dejan de ser simples formas, aunque nunca lo fueron del todo, para convertirse en testigos silenciosos de nuestro paso. Cada uno conserva huellas de lo vivido, marcas casi imperceptibles que hablan del tiempo que nos atraviesa y de cómo lo habitamos. En su aparente fragilidad reside su mayor carga simbólica. Nos recuerdan que incluso lo más cotidiano porta memoria, que nada es completamente neutro ni ajeno a la experiencia. Son restos, acompañantes, superficies donde el tiempo se deposita sin estridencia.
Detener la mirada sobre lo inmóvil y descubrir que también allí sucede el cambio. En esos objetos persiste algo de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que todavía está por venir. Este proyecto no interpela sólo a las cosas, sino a nosotros mismos, cuestionando nuestra permanencia, nuestra transformación y la manera en que dejamos rastro.
Todo empieza, como casi todo, un día cualquiera. Mientras observaba a una chica sentada en el metro, con la cabeza apoyada en el cristal y llorando en silencio, surgió la necesidad de detenerme en esa imagen. Pensé en todas esas personas a las que el malestar les sorprende en pleno tránsito, en espacios públicos donde parece que no hay lugar para la fragilidad. De ahí nace Donde haga falta: de la voluntad de recordar que la calle, el metro o una plaza también son espacios legítimos para llorar, frustrarse o simplemente existir sin esconderse.
El proyecto cuestiona las normas implícitas que regulan el comportamiento emocional en lo público. Habitamos estos espacios de forma colectiva, pero bajo códigos no escritos que nos empujan a la contención, al silencio, a pasar sin dejar rastro. Frente a eso, me interesa reivindicar una expresión emocional libre de prejuicios, entendiendo que lo público no debería ser solo un lugar de tránsito, sino también de presencia.
Para encarnar esa vulnerabilidad decidí crear un personaje: el payaso. Su figura me parecía una representación directa y ambigua de la fragilidad expuesta. El rostro maquillado expresa sin necesidad de mostrar una emoción concreta; es una máscara que, paradójicamente, revela. Además, el payaso es un cuerpo extraño en cualquier contexto: no pertenece del todo a ningún lugar, pero tampoco desentona. Su presencia genera una pausa, una interrupción en la rutina del espacio, y en esa grieta el mensaje puede aparecer con más fuerza.
Con un maquillaje llamativo, una gorguera exagerada y unos zapatos a rombos que remiten a la figura del arlequín, el personaje se desplaza por distintos puntos de la ciudad. Cada localización modifica la forma en que percibimos la vulnerabilidad en público. El metro es impersonal, un lugar de paso donde compartimos espacio pero rara vez conexión. El parque es más abierto, pero también más expuesto. El centro comercial es un entorno diseñado exclusivamente para el consumo. Me interesa explorar esa tensión constante entre sentirse dentro y fuera del espacio que se habita: el deseo de desaparecer y, al mismo tiempo, de dejar huella.
Donde haga falta propone normalizar la presencia de las emociones en el espacio público, sin jerarquizarlas entre buenas o malas. Al igual que la celebración, la vulnerabilidad también merece ser visible. Nos han enseñado que llorar, sentir pena o mostrarse frágil pertenece al ámbito privado, que lo público no debe alterarse. Pero no se trata de exhibir el dolor para llamar la atención, sino de permitirlo, de aceptar que forma parte de la experiencia humana.
Si las normas que regulan nuestra conducta emocional en la calle son construcciones sociales, también pueden transformarse. Si podemos celebrar en el espacio público, también deberíamos poder llorar en él.
Somos lo mismo aunque muchas veces nos cueste verlo, venimos de un mismo inicio y llegamos siempre a un mismo destino.
En este proyecto se busca la similitud dentro de la diferencia. Partimos de una imagen tomada a posteriori que, tras ser observada y analizada, da lugar a su recreación mediante elementos humanos y orgánicos, tratando de reunir en un mismo espacio a la naturaleza y al individuo. El objetivo es evidenciar la semejanza, ya que la diferencia ha sido históricamente asumida. Se plantea así una suerte de oda fotográfica que narra, a través de imágenes, las múltiples proximidades entre el ser humano y el entorno con el que cohabita. Otro eje fundamental del trabajo, además de la naturaleza, es el animal, entendido como todo ser vivo orgánico que vive, siente y se mueve por impulso propio. Desde esta definición, se propone que compartimos una misma condición esencial: con diferencias fisiológicas, pero iguales en lo fundamental, en el hecho de nacer y morir.
El proyecto intenta capturar esos gestos o indicios, por mínimos que sean, que nos permiten intuir que existe algo común, que no estamos solos ni somos el eje central, sino parte de un todo en el que caben múltiples formas de vida y de existencia.
Fotografía e idea creativa: @ayubkadmiri
Modelos: @martaloter@erelmanuel
dirección creativa: @luisadiezma & @ayubkadmiri
fotos: @ayubkadmiri
modelos: @luisadiezma @vegaestavagando @krm3en @helenaamoretti_
estilismo: @luisadiezma
props: @krm3en
texto escrito por: @luisadiezma @celiuskah
photo assistant: @martaloter @nconigliano
La expresión de naturalidad ante el marisco sale de un manual de buenos modales. Solo una persona de clase alta, acostumbrada al consumo de marisco, muestra indiferencia ante él. Mostrar indiferencia se convierte en un privilegio. Mis amigas y yo estamos aquí para destrozar el manual. Cogimos el manual de la esquina restringida del sótano de la Biblioteca Nacional, le arrancamos la hoja marisca y recogemos la mierda de mi perra con ella. Si hay que naturalizar, nosotras hacemos aparente el artificio: el camp.
El disfraz es consciente de su artificio. No pretende naturalidad alguna. Es el deshielo. El calentamiento global, pero en plan bien. Pasamos de romantizar el pasotismo (lo cool) a amar la intencionalidad (lo hot).
Lo cool es disimular, normalizar, enfriar.
Lo hot es la intensidad de las mujeres locas y las maricas histéricas.
En contra del corrector y del bótox que “ni se nota”. Si llevas dos horas peinándote, que no sea para que parezca que no te has peinado. Que se note. Cuando te pregunten, describe el proceso. Regodéate en los detalles. No más gaslight gatekeep girlboss. Ya no está de moda que no importe nada. Nos importa todo, mucho, y es hot enseñarlo.
Llegó la época de los cuidados, de la amistad activa e intencional.
Puede que se sienta la necesidad de denigrar a estas fracasadas. Es comprensible: se ha hecho toda la vida. ¿Cómo se van a atrever estas a vivir la vida que a ti te dijeron que no se podía vivir? Delante tuyo hay unas maricas histéricas que te obligan a hacer frente a todas las posibilidades perdidas.
Aquí un pequeño tutorial para superar las ganas de hostiar a estas locas:
- Escribe y escribe y escribe sobre lo que odias hasta que te encuentres contigo misma.
- Doy por hecho que lo has escrito en un plato de cerámica.
- Destrozalo contra el suelo. O quema el cuaderno. O grita en el campo. O llóralo con tus amigas. Pero resérvate lágrimas: aún quedan pasos.
- Haz un funeral. Vístete de negro. Tápate la cara: pañuelo y encaje. Llora, llora, llora. Tienes que compensar por cada vez que no has llorado, por cada vez que podrías haber querido calor intensamente y solo pudiste elegir la tibieza y la tristeza. Por cada vez que actuaste como si nada frente a algo que te emocionaba. Por cada vez que pudiste ser esperpéntica y fuiste gris. Porque qué triste es que todo lo que llevamos sean disfraces y tú hayas elegido ese cada día, por miedo a parecer una cursi, una chica, un maricón.
- Los rituales son importantes. Haz un agujero en la tierra. Si es en un cementerio católico, mejor. No por nada: parece más divertido. Cuidado con no desenterrar otras cosas. No queremos más problemas. Tiene que ser todo lo grande que puedas hacerlo. No le metas nada.
- Llénalo otra vez con la misma tierra y siéntate con tu look a llorar al lado. Que sean berridos, nada de lágrimas de cocodrilo. Llora desesperadamente, como los militares norcoreanos en el funeral de su dictador. Llora hasta estar afónica, hasta que tengas hipo, como cuando eras pequeña y montar pollos era aceptable. Tienes que estar agotada. Si no, vuelve a empezar.
- Quédate dormida tres días, boca arriba, roncando y babeando.
Y ya está bien: has perdido suficiente tiempo. #YOLO. Ponte a bailar, agradécele a la gente de tu vida su amor, planta flores, cocina alubias, besa, besa mucho, morrea húmedamente, tócate, haz lo que quieras, pero solo lo que quieras.
Ahora acecha la tarde del domingo: vuelta a la inercia productiva, el trabajo, la universidad. Antes no te parecía mal. Era lo normal. Lo natural.
Aquí unos pasos para hacerle frente. El funeral no termina.
- Haz cuentas. Repara en lo que realmente significa trabajar 40 horas semanales. Repara en el tiempo perdido, prostituido al capital.
- Pídete perdón y cuídate en el proceso. Será duro decidir: si te desinhibes del todo en este entorno, o te echan, o te drogan, o acabas en la cárcel. Pero recuerda que nunca vas a estar sola. En cuanto te abras un poquito al amor, empezaremos a aparecer las locas cariñosas, de debajo de las piedras, haciéndonos paso entre las grietas de la sequía.
- Una vez en tu centro asignado de sumisión al capital, ve al baño y caga. Tómate tu tiempo. Lee una revista. Mira TikToks. Entorpece los engranajes del liberalismo y ahórrate una pasta en papel higiénico.
- Externaliza tu locura todo lo que puedas. No estés agradecida por nada.

























